¿Cómo es un bautismo en roca?
¿Cómo es un día de escalada en roca?
Haz cliUn día cualquiera de escalada suele empezar mucho antes de tocar la roca. Empieza cuando quedas con tu familia de bichos. Suele ser un grupo un poco peculiar, gente que decide madrugar en vacaciones, fines de semana o días libres para colgarse de una pared en mitad del monte. Siempre hay alguien que llega con cara de haber dormido poco, otro que aparece todavía arrastrando un mal día en el trabajo, alguien que viene con la cabeza llena porque ha discutido con su pareja o porque los críos han traído malas notas del cole. A veces simplemente es una semana de estrés acumulado que pesa más de la cuenta.
Se cargan las mochilas desde el coche, se reparten cuerdas. Venga, vámonos!.
Y empieza la aproximación.
La aproximación es ese camino que va desde donde dejas el coche hasta el pie de vía. Puede ser un paseo corto de diez minutos o una caminata de una hora. Depende del sector. Pero en realidad no es solo un camino físico. Es también un espacio donde empiezas a dejar cosas atrás.
Mientras caminas por senderos, piedras y matorrales, la conversación fluye sola. Ahí salen las historias de la semana. Uno cuenta lo del trabajo, otro suelta una queja medio en broma sobre la vida, alguien comenta algo que le preocupa. Es casi un pequeño ritual. Vas andando con la mochila a la espalda, respirando aire de campo, y poco a poco te vas poniendo al día con los colegas. Es un momento muy humano. Nadie intenta arreglarle la vida a nadie, pero escuchar y compartir ya cambia algo.
Entre paso y paso también aparecen las risas. Alguna anécdota, alguna tontería que alguien recuerda de la última vez. Y casi sin darte cuenta, el sendero termina. Levantas la vista y ahí está la pared.
Llegas al pie de vía y pasa algo curioso. Parece que todo lo que venía en la mochila invisible —las preocupaciones, el estrés, las historias del mundo de abajo— empieza a quedarse más lejos. No desaparece del todo, pero pierde peso.
Se empiezan a sacar cosas del equipo. Mochilas abiertas, cuerdas que se desenrollan, cintas que suenan chocando entre ellas. Mientras uno se pone el arnés, otro prepara las cintas. Alguien revisa el nudo de la cuerda. Se chequea el grigri, se chequea el nudo, se comprueba que todo está correcto. Es exactamente un ritual en qué te va la vida en ello. Nuestro pequeño caos organizado.
Y mientras haces todo eso, aquello de lo que hablábais en la aproximación se va difuminando. La mente empieza a enfocarse en algo muy concreto: la vía que tienes delante.
“¿Quién le da primero?”
Siempre hay alguien que se anima rápido. Se pone los pies de gato, se sacude un poco las manos con magnesio, mira la roca unos segundos, se choca puño y empieza a subir. Abajo alguien asegura con atención. El resto mira, comenta, anima. La empatía y el cuidado salen a jugar entre respiraciones y apoyo mutuo.
La dinámica del día se va construyendo así, casi sin planearlo. Nos vamos turnando. Alguien asegura, otro escala. Luego cambia. Otra vía, otro intento. A veces hay un paso que se resiste y el grupo guarda silencio. Alguien suelta una broma que se queda como recuerdo del día y anécdota para mucho tiempo."Te acuerdas aquel día que..."
La escalada tiene mucho de eso: pequeños momentos que luego se convierten en historias que repetirás durante años.
Entre vía y vía también hay pausas. Alguien abre la mochila y saca algo de comer. “Traje esto, probadlo.” Otro pregunta: “¿Quién tiene agua?” Aparece una barrita de cereales, un trozo de fruta, una bolsa de frutos secos que empieza a circular entre todos.
Alguien enseña una cinta exprés nueva que se ha comprado. Son detalles pequeños, pero forman parte de ese ambiente tan particular de la escalada.
A ratos el grupo se queda en silencio mirando la pared. O el paisaje. O simplemente descansando.
El día avanza sin prisa. Algunas vías salen bien, otras no tanto. Pero casi nunca importa demasiado. Lo importante es estar allí.
Y llega un momento en el que alguien dice:
“¿Alguien más le da o limpio la vía?”
Limpiar la vía y hacer reunión suele ser el principio del final del día. Significa que poco a poco vamos recogiendo todo. Se recogen las cintas, se recupera el material, se desciende.
Pero también hay algo más detrás de ese gesto. Cuando recogemos, intentamos dejar todo tal y como estaba. O incluso un poco mejor. La montaña que nos acogió durante el día no es nuestra. Somos solo invitados en la naturaleza.
No dejamos basura. No dejamos rastro. Nadie debería poder notar que estuvimos allí.
Mochilas otra vez a la espalda. Y empieza la aproximación de vuelta.
Curiosamente, el mismo camino se siente diferente. No es solo el cansancio en las piernas o la piel de los dedos un poco gastada por la roca. Hay algo más.
La energía ha cambiado.
Durante el día el cuerpo ha trabajado, la mente se ha concentrado, las risas han salido solas. Sin darte cuenta, vuelves cargado de algo parecido a una mezcla de endorfinas y oxitocina. Se ha quedado todo allí.
Y entonces te das cuenta de algo curioso. Aquello de lo que hablábamos durante la aproximación de ida —los problemas, el estrés, las preocupaciones— parece haberse disipado un poco. O siguen ahí, pero ahora los miras de otra manera. Ahora solo acompañan, no cargan o pesan un poco menos.
Con más calma. Con más perspectiva.
Porque la roca tiene algo difícil de explicar. Algo que engancha.
Tal vez sea el silencio entre movimientos, la confianza con tu asegurador, la complicidad con los compañeros, el aire del campo o el simple hecho de estar presente durante unas horas.
Sea lo que sea, pasa algo.
Y por eso volvemos una y otra vez.
La escalada engancha, la roca sana. 🧗♀️🌿
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